Los Baciares

Película: “Tomates verdes fritos”

en 12 octubre, 2008

Una tarde, Evelyn acompaña a su marido a un asilo para visitar a una tía de éste y allí conoce a Niny, una adorable anciana que está en el asilo haciéndole compañía y cuidando a una amiga suya. Poco a poco y a raíz de una historia que comienza a contarle Niny a Eevelyn se va forjando una gran amistad entre ellas y Evelyn comienza a hacerle visitas periódicas a la anciana. De este modo, las dos se ayudan y se acompañan mutuamente y sin darse cuenta, hasta llegar a encontrar lo que más deseaban y necesitaban: amor, comprensión, compañía… una amiga que las escuchara y que les ayudase a sacar el “espíritu Towanda”, ese espíritu que hace que seamos nosotros mismos y que tengamos el valor de una vez por todas de ser dueños de nuestras vidas.

Me parece una película preciosa. Una de las más tiernas y entrañables que jamás haya visto. Esta noche la he visto por primera vez después de muchos años, pues tan sólo era una cría cuando la vi por vez primera y ya entonces me marcó, y hoy no ha sido menos. No puedo evitar que se me salten las lágrimas la primera vez que se encuentran estas dos mujeres y como la anciana, nada más ver a Evelyn atravesar la puerta le dice que le han quitado la vesícula, jaja, empezando a partir de ahí a contarle historias sobre su pueblo y la gente que vivía en él.

Me hace recordar algo parecido que me ocurrió a mí, también con un anciano, en el asilo de mi pueblo. Yo estaría en 4º o 5º de primaria, por lo que tendría 9 o 10 años y la profesora de Educación Física nos mandó hacer un trabajo sobre juegos populares y nos dijo que para ello, preguntásemos a nuestros padres o a nuestros abuelos. Yo, que por aquella época era aún muy repelente con la cosa de las notas jaja, quería hacer un trabajo perfecto, por lo que no sólo me bastó con preguntar a mis abuelos a qué jugaban ellos de pequeños, sino que me fui al asilo y pregunté a una monja amiga de la familia que si sería inconveniente que pudiera hablar con uno de los ancianos que allí vivían sobre los juegos a los que jugaba cuándo era pequeño, para un trabajo del cole, y me dijo que todo lo contrario, que cualquiera de ellos estaría encantado en ayudarme.

Al poco rato, la monja me presentó a un hombre que me dijo que tenía un nombre muy raro y que prefería que lo llamara Ginés, que era como se llamaba su padre. Ese día lo que iba a ser un pequeño cuestionario sobre juegos populares, se terminó convirtiendo en una conversación de más de cuatro horas sobre las vivencias y anécdotas de este hombre, hasta que llegó de nuevo la monja avisándonos de que era la hora de cenar. Me despedí de Ginés, agradeciéndole el haberme dedicado su tiempo y entonces él, sin mediar palabra me abrazó fuertemente y me dijo con los ojos acristalados que las gracias me las tenía que dar él a mí. Nunca se me olvidará la expresión de esos ojos, de esa cara, eternamente agradecida por haber contado con unas míseras horas de compañía.

Al despedirme de la monja, le pregunté que si podría volver a visitarlo otro día y me dijo que sí y que seguro le haría mucha ilusión. Y eso hice, iba a verlo todos los meses un par de veces, me sentaba y escuchaba sus historias. Seguí haciéndolo así hasta que un día, camino del colegio, en la puerta del Ayuntamiento vi una esquela y me paré a leerla por curiosidad. Sentí como si me dieran un fuerte puñetazo en el pecho, dejándome sin aire por un instante, cuando leí el nombre de “mi amigo” en esa esquela. Desde entonces, no había tarde que no fuera a visitar a mi abuelo Vicente, a sentarme con él y que me contara cosas de cuando él y sus hermanos eran jóvenes, de lo “figura” que era mi padre de pequeño… que me dictara sus poesías para que yo las copiara en un cuaderno… Me encantaba pasar los ratos con él, ya que no sólo aprendía un montón de cosas, sino que además sentía que él era feliz de tenerme allí; podía ver cómo se le iluminaban los ojos cada vez que iba a verlo, aunque sólo fuera para ver los dibujos con él. Me encantaba que llamara a mi casa por las noches y que sólo quisiera hablar conmigo, porque en ese momento se le acababa de ocurrir una nueva poesía y me la tenía que dictar corriendo antes de que se le olvidara… era algo “nuestro”. Pero un día, él también se fué, dejando en mí un inmenso vacío, imposible de llenar. No hay día que pase sin que me acuerde de él; ni noche en que no lo vea cuando cierro los ojos.

Lo siento, creo que me he desviado un poco (bastante) del tema del post, pero es que esta película me hace pensar en lo que os acabo de contar, en lo importante que puede llegar a ser para una persona algo que para nosotros pueda parecer insignificante. Algo como el simple hecho de sentirse escuchados puede resultar un mundo para “nuestras personas mayores”. Muchas veces me gustaría ser más consciente de esto y dar gracias por poder contar todavía con tres “abueletes” con los que poder compartir estos momentos y a los que, por desgracia, no disfruto tanto como me gustaría.

Después de esta parrafada llena de sentimentalismos, os recomiendo que veáis esta película, una preciosa historia, y… que lo hagáis con un paquete de pañuelos a mano :)

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